Ilusión
31.01.2015 18:5215.03.2014 19:39
AMANECIA un día otoñal fresco y húmedo. Esperaba en la estación la llegada del tren que le llevaría al lugar que tanto tiempo llevaba añorando. Desde la infancia bullia la ilusión de ver su sueño cumplido. Ahora, por fin, se acercaba el momento.
Despues, cuando el sol se alzaba por el horizonte, a traves de los cristales empañados por el vaho contemplaba las vastas llanuras que se extendían hasta fundirse con la bruma de los lejanos confines. Extensos campos de color ocre recién sembrados, moteados de grises majanos de piedra caliza y yerbajos pardos que los envolvía, quedaban a tras y de nuevo aparecían. Más próximo, a escasa distancia, los postes del tendido pasaban velozmente en una fugaz sin fin.
El maquinista hacía sonar el silbato en aquel tortuoso valle de empinadas laderas y despeñaderos por donde el tren se había introducido, salvados por largos y oscuros túneles, en donde el estruendo emitido por el rodar de las ruedas sobre los railes y locomotora, rompía el monótono y acompasado ruido del descampado.
En el ocaso, cuando el sol decaía, en la lejanía se vislumbraba el resplandor de la ciudad preparandose para el descanso.
El chirrido de los frenos lo soliviantó. Poco a poco, el tren perdía velocidad y junto al andén quedó parado.
Bajó arrastrando la maleta hasta entrar a la sala. Un indigente dormitaba sentado en el vetusto banco del más escondido rincón del vestíbuko. A traves de la sucia cristalera se colaba los focos de los automóviles que circulaban por la avenida. Lo deslumbraba.
Al entrar en la ciudad,estático quedó. Por fín la ilusión, la esperanza que tanto tiempo había dado sentido a su vida se consumó.
Temblaba. Desde arriba rozando altas torres, tejados y terrazas descendio.
El nebuloso halo lo envolvió y en perfecta simbiosis, se esfumó.
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